
Nº Breve: 06/2026
Hace tres años publicamos un breve sobre impacto social y ambiental que planteaba dos ideas centrales: el impacto no lo genera una organización por sí sola, sino la acción conjunta de múltiples agentes, y su gestión y medición deben servir, ante todo, para aprender y mejorar las intervenciones.
Desde entonces, el interés por el impacto social se ha hecho más visible entre las organizaciones del Tercer Sector Social de Euskadi, aunque sigue siendo un desafío. El Libro Blanco del Tercer Sector Social de Euskadi 2024 lo vincula con el “Reto 9: fomentar una actitud proactiva y orientada al emprendizaje que permita generar respuestas innovadoras, sostenibles y con mayor impacto social”. Avanzar implica disponer de herramientas para conocer qué se hace, para quién y con qué resultados, y visibilizar la contribución social y económica de las organizaciones. Supone también, como señala el Reto 2, atender no solo a los indicadores económicos, sino al impacto cualitativo de la actividad del sector en las personas, los colectivos y las comunidades.
Para profundizar en esta cuestión contamos con la colaboración de Eraldatu, una red integrada por organizaciones diversas —entre ellas, entidades del Tercer Sector Social de Euskadi— que busca fortalecer el ecosistema de impacto social y ambiental, conectar agentes de distintos ámbitos y facilitar espacios, actividades y herramientas para comprender, gestionar y multiplicar su contribución. En este breve, Eraldatu reflexiona sobre el carácter compartido del impacto y el papel de las redes para impulsar cambios significativos, sostenibles y duraderos.
Un punto de partida compartido
El breve mencionado recordaba que el uso creciente de la palabra “impacto” no siempre va acompañado de rigor: medirlo o proclamarlo no equivale a generarlo. También advertía que ninguna organización puede atribuírselo en propiedad, pues es una consecuencia a la que contribuyen muchas personas, organizaciones y circunstancias, a lo largo de procesos extensos y rara vez lineales.
Este breve presenta Eraldatu desde esas dos convicciones y desde el reconocimiento de que Euskadi cuenta desde hace décadas con un Tercer Sector Social experimentado y un tejido empresarial comprometido con el territorio. La aportación de una iniciativa nueva no reside tanto en la novedad como en conectar a los distintos agentes de la economía de impacto.
Qué entendemos por impacto (y qué no)
Hablar de impacto social es hablar de cambios reales y demostrables en la vida de personas, grupos o entornos. Pueden ser positivos o negativos, buscados o imprevistos, y valorarse de manera distinta según quién los experimente. Por eso, identificarlos no es una tarea de escritorio: exige acercarse a quienes viven esos cambios y escucharlos.
Aunque el vocabulario del impacto sigue sin consolidarse —las mismas palabras significan cosas distintas para personas diferentes—, la práctica ha avanzado. Cada vez más organizaciones han pasado de preguntarse “¿debo medir mi impacto?” a “¿para qué lo mido y qué decisiones tomo con lo que aprendo?”. Conviene distinguir tres planos que suelen mezclarse: la cultura de impacto, como forma de observar, conversar, aprender y decidir a partir de los cambios generados en los grupos de interés; la gestión de impacto, como método para planificar, hacer seguimiento, evaluar y mejorar de forma sistemática; y la medición, como herramienta al servicio de las dos anteriores. El impacto deja así de entenderse como un conjunto de indicadores que reportar y pasa a concebirse como una aproximación a la transformación, social hacia fuera y organizacional hacia dentro. Esto desplaza la prioridad desde quienes reciben la rendición de cuentas hacia quienes reciben el servicio. Al mismo tiempo, el uso excesivo del término empieza a generar saturación. El problema no son las palabras, necesarias para alinearse y colaborar, sino las abstracciones que no se traducen en cambios concretos: menos discurso y más proyectos de mejora personal, familiar y comunitaria.
Tampoco está de más recuperar el hilo conceptual de la teoría del cambio —insumos, actividades, resultados, efectos, impacto—, que ayuda a situar cada cosa en su lugar. La mayor parte de lo que las organizaciones podemos controlar y reportar está en los primeros eslabones de esa cadena; el impacto, en cambio, vive en el último, lejos en el tiempo, mezclado con la contribución de otros muchos factores y agentes. En ese recorrido, los indicadores son una herramienta que nos permite saber si estamos generando en los grupos de interés el impacto buscado: el que necesitan, el que quieren y aquel al que podemos contribuir con nuestra actividad. Ellos —las personas y colectivos que viven los cambios— son, en definitiva, la voz de la realidad. Sin esa voz, los marcos, las teorías del cambio y las metodologías de medición se quedan en ejercicios internos, alejados de lo que de verdad ocurre.
El impacto no es patrimonio de ninguna figura jurídica. Lo generan —o deterioran— entidades sociales, empresas, administraciones, fundaciones, academia, personas emprendedoras e inversoras, mediante sus programas, actividades, normas, servicios, conocimiento, proyectos y financiación. Cada agente actúa con lenguajes, tiempos e incentivos distintos. El problema que motiva este breve es que esos ángulos rara vez se encuentran: cada mundo tiende a conversar consigo mismo.
El impacto se teje
Si el impacto es una contribución compartida, sería razonable gestionarlo también de forma compartida. Sin embargo, las organizaciones suelen diseñar sus teorías del cambio, indicadores y memorias mirando hacia su propia actividad, algo comprensible porque responden ante personas destinatarias, órganos de gobierno y financiadores. Pero retos como la exclusión, la soledad no deseada, el desempleo juvenil, la emergencia climática, el sinhogarismo, la vivienda o la salud mental desbordan a cualquier entidad y sector. Son problemas de ecosistema y requieren respuestas de ecosistema.
La idea no es nueva: ninguna organización, por grande o eficaz que sea, transforma sola una realidad compleja. Lo novedoso es la voluntad de organizarse en consecuencia, creando espacios estables donde agentes sociales, empresariales, financieros, públicos y académicos puedan conocerse, entenderse y colaborar. No encuentros puntuales, sino espacios con continuidad, agenda y confianza acumulada.
Antes de hablar de cómo se trabaja en red conviene responder a una pregunta previa: ¿qué une a agentes tan distintos? No les une la forma jurídica, ni el lenguaje, ni siquiera el método. Les une una intencionalidad compartida: la voluntad expresa de contribuir, cada uno desde su lugar, a que el territorio y las personas que lo habitan vivan mejor. Esa intención común tiene dos consecuencias prácticas. La primera es que la diversidad de miradas, lejos de ser un obstáculo, se convierte en una ventaja: ante un mismo reto, cada agente ve lo que los demás no pueden ver, y solo juntos alcanzan una visión completa, de 360 grados. La segunda es la adicionalidad: ninguna entidad, por sí sola, transforma una realidad compleja; pero cada una es necesaria, y necesita a las demás, para que el ecosistema en su conjunto contribuya a que el cambio se produzca.
Tejer redes de este tipo tiene costes que conviene nombrar con honestidad. Exige tiempo, que es el recurso más escaso de cualquier organización. Exige renunciar a cierto protagonismo, porque en una red bien tejida los resultados no llevan el logotipo de nadie. Exige traducir: el lenguaje de una entidad social que acompaña procesos de inclusión y el de un fondo de inversión de impacto no son el mismo, y hace falta paciencia para construir un vocabulario común sin que ninguna de las partes sienta que renuncia a lo suyo. Y exige aceptar ritmos distintos, porque la confianza entre las partes —de la que depende todo lo demás— se construye poco a poco, con la relación y el trabajo compartido.
En la práctica, una red de este tipo cumple cuatro funciones. Hace circular información sobre iniciativas, necesidades desatendidas y recursos disponibles. Intermedia, presentando a quienes deberían conocerse y acompañando los primeros pasos de la relación. Agrega, para que varias organizaciones accedan juntas a conocimiento, financiación o interlocución que no alcanzarían por separado. Y aprende en común, transformando los aciertos y errores de cada nodo en conocimiento compartido. Son funciones poco vistosas, pero decisivas para que lleguen resultados concretos.
A cambio, las redes ofrecen algo que ninguna organización puede producir por sí sola: la posibilidad de que los recursos, el conocimiento y las oportunidades circulen hacia donde más falta hacen. Una entidad social que conoce a fondo una necesidad puede encontrarse con una empresa dispuesta a contratar, con una fundación dispuesta a financiar la fase que nadie financia, con una investigadora que aporta evidencia, con una administración que puede escalar lo que funciona. Y el camino también funciona a la inversa: una empresa que quiere poner en marcha un proyecto con propósito puede necesitar el conocimiento de la realidad que solo una entidad social tiene. Ninguno de esos encuentros está garantizado, pero todos son imposibles si no existe el espacio donde producirse.
Eraldatu: origen y propósito
Eraldatu nace en Euskadi con esa convicción y con un propósito concreto. Su nombre, en euskera, significa “transformar”, pero quienes lo impulsan prefieren conjugarlo en plural y en condicional: contribuir a que otros transformen. Eraldatu es un punto de encuentro —un hub, en el vocabulario al uso— de personas y organizaciones del ámbito social, emprendedor, empresarial, financiero, académico e institucional que comparten un interés común por el impacto social y ambiental en Euskadi, y que han decidido dotarse de un espacio estable para conocerse y colaborar.
Su propósito puede formularse en pocas palabras: facilitar que el ecosistema vasco de impacto se conozca a sí mismo, se conecte y genere oportunidades de colaboración. No gestiona programas propios de intervención social, ni pretende hacerlo: eso lo hacen, y lo hacen bien, las entidades que llevan décadas en el terreno. No es tampoco un agente financiero, aunque entre sus participantes haya quienes movilizan capital hacia proyectos con propósito. Su función es otra: convocar, presentar, facilitar el entendimiento entre mundos distintos, detectar complementariedades y sostener en el tiempo las conversaciones que de otro modo no llegarían a producirse.
Eraldatu formula su trabajo en red mediante cuatro valores. La mentalidad de ecosistema parte de que el impacto es una construcción colectiva y las relaciones hacen posible cooperar por un fin común. El espíritu de contribución invita a poner capacidades, conocimiento, relaciones y tiempo al servicio del propósito compartido, en una lógica de dar y recibir que busca adicionalidad en vez de competencia. La cultura de transparencia exige honestidad y aprendizaje, haciendo visible tanto lo conseguido como lo que queda por mejorar, porque la confianza entre culturas organizativas distintas se construye compartiendo lo que se sabe y se hace. Por último, la orientación a la transformación busca cambios reales y duraderos en personas, organizaciones y sociedad, con sentido práctico y un enfoque experimental que asume el derecho a equivocarse y entiende la medición como herramienta al servicio del cambio.
La forma de trabajo responde a esa función. Eraldatu organiza encuentros periódicos con agendas compartidas sobre necesidades, oportunidades de colaboración y experiencias relevantes. Entre ellos, cuida las relaciones: da seguimiento a las conexiones iniciadas, incorpora agentes que amplían la pluralidad y mantiene el diálogo con otras redes, dentro y fuera de Euskadi. Opera de forma deliberadamente ligera, porque el valor lo generan las personas participantes y sus conexiones, no la estructura que las convoca.
Eraldatu es una iniciativa joven, aunque la integren personas y organizaciones experimentadas. Como espacio común aún no acumula trayectoria ni resultados que reivindicar. Cuenta, eso sí, con la voluntad de trabajar de forma estable y con los primeros pasos de una arquitectura jurídica, metodológica y relacional pensada para durar. El trabajo de los próximos años dirá hasta dónde llega; de momento, es un proyecto que empieza con ilusión.
Lo que Eraldatu quiere aportar al Tercer Sector Social
Llegados a este punto, cabe preguntarse qué puede aportar una iniciativa como Eraldatu al Tercer Sector Social de Euskadi. La respuesta parte de una convicción clara: el ecosistema de impacto no puede quedar limitado a los circuitos que hoy suelen asociarse a esta conversación —inversión de impacto, filantropía estratégica, alianzas con empresas o nuevos instrumentos financieros—, por relevantes que sean. Si quiere ser un ecosistema de verdad amplio, necesita incorporar con más fuerza la diversidad del Tercer Sector Social, especialmente a las entidades pequeñas y medianas, que llevan décadas sosteniendo procesos de transformación social desde la proximidad, el vínculo y el conocimiento directo de las realidades que se quieren cambiar.
En primer lugar, puede ampliar los espacios de encuentro sin ocupar ni duplicar las estructuras propias del sector. Su función sería facilitar cruces entre entidades sociales, empresas, financiadores, administraciones, academia, personas emprendedoras y otros agentes de la economía de impacto. Cuando recursos, lenguajes y oportunidades circulan por canales no siempre accesibles, Eraldatu puede tender puentes, traducir códigos y acercar mundos con una intención transformadora común.
En segundo lugar, puede reforzar la voz del Tercer Sector Social en la conversación sobre impacto, como agente con autoridad propia y no como receptor de metodologías externas. Las entidades que acompañan situaciones de vulneración de derechos, exclusión, discriminación, enfermedad, pobreza o dependencia acumulan un conocimiento práctico imprescindible para que el ecosistema no mida mucho y entienda poco, y para que el valor no se defina lejos de quienes viven los cambios.
En tercer lugar, Eraldatu puede favorecer una lógica de reciprocidad. La relación no debería reducirse a que unos aportan recursos o métodos y otros los reciben. Las entidades sociales ofrecen proximidad, lectura de la realidad, legitimidad comunitaria y experiencia en procesos largos de cambio; otros agentes, financiación, capacidad de escala, conocimiento especializado y nuevas formas de colaboración. El valor está en hacer circular esos saberes en ambas direcciones.
Una iniciativa nueva puede ser recibida con prudencia, sobre todo en un sector que ya cuenta con trayectoria, redes propias y una identidad fuerte. Precisamente por eso, el lugar de Eraldatu no aspira a añadir ruido ni a duplicar espacios, sino a contribuir a configurar en Euskadi un ecosistema de impacto más amplio, más conectado y más plural. Un ecosistema en el que el Tercer Sector Social no esté en los márgenes de la conversación, sino en el centro de aquello que mejor conoce: cómo se generan, se sostienen y se cuidan los cambios sociales reales.
Algunas cautelas
Conviene cerrar con cuatro cautelas para no caer en la misma retórica del impacto que se ha cuestionado.
La primera: las redes no sustituyen el trabajo. Conectar agentes es condición de posibilidad, no resultado. Si dentro de unos años Eraldatu solo puede mostrar reuniones celebradas y contactos facilitados, habrá fracasado en sus propios términos. La medida de una red no es su actividad sino lo que ocurre gracias a ella y no habría ocurrido sin ella; es decir, exactamente el mismo criterio de adicionalidad que se exige a cualquier proyecto de impacto.
Segunda: la pluralidad genera fricciones. En un mismo espacio conviven organizaciones con y sin ánimo de lucro, con misiones, ritmos e intereses distintos. Su utilidad no consiste en ocultar esas diferencias, sino en gestionarlas con honestidad: acordar dónde colaborar, reconocer dónde no y proteger la independencia e identidad de cada parte. El Tercer Sector Social no debe diluir su carácter para participar; ese carácter es precisamente su aportación.
Tercera: Euskadi ofrece una escala adecuada, aunque limitada. Su densidad relacional y cultura asociativa facilitan tejer redes: las distancias son cortas y la reputación importa. Pero muchos problemas tienen causas y soluciones que exceden el territorio, por lo que la red vasca deberá conectarse con redes de otros lugares.
La cuarta: lo nuevo no debe duplicar lo que ya existe. El Tercer Sector Social de Euskadi se ha dotado a lo largo de los años de sus propias estructuras de articulación, representación y conocimiento compartido —esta misma publicación es prueba de ello—, y sería un mal comienzo que una iniciativa que predica la mentalidad de ecosistema acabara solapándose con ellas o compitiendo por los mismos espacios. El lugar de Eraldatu, si lo tiene, es complementario: allí donde el sector necesita encontrarse con agentes de otra naturaleza —financieros, empresariales, académicos— que no forman parte de sus estructuras propias. Por eso, colaborar con las estructuras que ya existen no es una opción, sino un punto de partida.
A modo de cierre
El breve de mayo de 2023 recordaba que el impacto consiste, en último término, en saber cómo contribuimos —o podemos contribuir mejor— a que la vida de la gente cambie con mayor dignidad, justicia y sostenibilidad. Tres años después, esa sigue siendo la pregunta correcta y continúa sin admitir respuestas individuales.
Eraldatu es un intento de organizarse en torno a esa pregunta en Euskadi: un espacio para que quienes trabajan por el impacto desde lugares distintos se encuentren, se entiendan y sumen. Nace sin pretensiones de protagonismo y con una certeza: las transformaciones relevantes se tejen entre muchas manos y despacio. Su primer paso es conocerse y sostener ese encuentro en el tiempo. El trabajo compartido y la realidad dirán lo demás.






