Autor/a: Observatorio Vasco del Tercer Sector Social
Nº Breve: 04/2022

En este breve hablaremos sobre la V estrategia vasca del voluntariado. Para ello hemos conversado con las coordinadoras de las tres agencias vascas de voluntariado, que participaron en la elaboración de la estrategia, y presentamos aquí la síntesis de dicha conversación. También aportamos algunas reflexiones teóricas sobre los desafíos del voluntariado, basadas en los análisis de Luis Aranguren, Víctor Renes, Sebastián Mora e Irene Comins. 

La nueva Estrategia Vasca de Voluntariado 2021-2024 fue presentada el 30 de noviembre del 2021 por la viceconsejera vasca de Políticas Sociales, Lide Amilibia, y el vicepresidente del Consejo Vasco del Voluntariado, José Alberto Vicente. El objetivo de la misma es lograr «una sociedad activa, despierta, movilizada, dispuesta a comprometerse con las causas que lo merecen, dispuesta a ayudar desinteresadamente y a echar una mano», según explico la vice consejera.

La estrategia se apoya en el diagnóstico sobre el voluntariado del 2020 y fue elaborada a lo largo del 2021 a través del grupo permanente de trabajo del Consejo Vasco del Voluntariado. En el proceso participaron las agencias de voluntariado, personas y organizaciones voluntarias, y otros agentes sociales como universidad, consejos escolares, el observatorio vasco del tercer sector social, etc. Fueron un total de 76 personas, 41 organizaciones y  representantes del sector social, académico y administrativo de la CAPV.

Este análisis compartido tuvo como resultado el plantear un objetivo general y las líneas estratégicas con sus correspondientes acciones, pero también los cinco grandes proyectos como ejes de la estrategia.

Actualmente en torno al 70 % de la población vasca participa en alguna actividad de carácter social o político y el 13,4 % desarrolla tareas de voluntariado en alguna organización del Tercer Sector[1]. Según Amilibia «Nuestro deseo, el del Gobierno vasco y el de todas las personas implicadas en la elaboración de esta estrategia, es que esos porcentajes suban aún más» porque de ese modo «nuestra sociedad será más consciente de sí misma, más participativa y más capaz de actuar por sí misma».

La Estrategia Vasca de Voluntariado 2021-2024 está disponible en las web de GV[2], BOLUNTA[3] y Gizalde.

Esto fue lo que conversamos con las agencias:

¿Cuál es el papel de la estrategia?

En cuanto al papel de la propia estrategia, marca la hoja de ruta para los próximos años, planifica acciones y da estructura a los tres territorios históricos. Para ello se alinea con otros planes y estrategias como son los de juventud, gobernanza, inmigración, y con la propia estrategia de promoción del tercer sector social. Es una brújula que ayuda al voluntariado a poner el foco para los próximos años; y un respaldo político-social a la acción solidaria de la población. De esta manera, al final del periodo se podrá afirmar: “hemos cumplido con los objetivos, hemos generado alianzas, hemos trabajado en red”.

¿Qué es lo que caracteriza a esta nueva estrategia? ¿En qué está poniendo el acento? ¿En qué programas se concreta?

La estrategia es un marco de acción para favorecer la participación ciudadana en una sociedad igualitaria. Se ha elaborado en un proceso de continuidad con las anteriores (es la quinta estrategia) y marca las líneas de acción según los nuevos retos y necesidades sociales.

Está definida por acciones encaminadas a profundizar en el carácter transformador de la acción voluntaria, por lo que se propone actuar en los niveles personal, organizacional y social. Se articula sobre todo en cinco grandes proyectos que recogen y ordenan muchas de las acciones propuestas:

  • Komunika 25: acciones comunicativas: campañas, difusión, celebraciones.
  • Didaktika: acciones educativas y formativas, incluyendo la incorporación de la participación al currículo vasco, con los proyectos Begiraldatu y Unikide.
  • Escuela de Voluntariado: capacitación y creación de espacios de encuentro.
  • Bherriak: dedicado a la participación social y local.
  • Re-compensa: sistema vasco de reconocimiento de competencias del voluntariado.

¿Cuáles son los retos que aborda la estrategia? ¿Hay alguno que no esté recogido en ella?

Uno de ellos es la visibilización de la acción voluntaria. Se identificó la necesidad de comunicar más y mejor la contribución del voluntariado a la sociedad, del compromiso para la mejora del entorno. Y para ello hace falta estar en la calle, en espacios compartidos…

También es importante la digitalización de la acción voluntaria, que fue precipitada por la pandemia. Ahora es el momento de reflexionar qué ha funcionado y qué no, cómo hacerlo de manera consciente y coherente con las necesidades actuales.

Otra necesidad es la apertura a nuevas formas de participación, más allá de las tradicionales, y la actualización respecto a estas formas (afiliaciones, manifestaciones, actos en la calle, acciones vecinales, etc.).

Se descubre la necesidad de cuidado y atención al voluntariado. En Euskadi hay una buena base social que necesita reconocimiento, capacitación, planes de atención, incluyendo el empoderamiento de las mujeres voluntarias.

Un reto particular es la revisión del marco normativo y conceptual del voluntariado, que es de 1998, y no está de más revisarlo y tener en cuenta otros marcos normativos más allá de lo local (nacional, europeo o de otros ámbitos, como por ejemplo los ODS).

Por último, se plantea el reto de favorecer la relación público-privada, en un diálogo más fluido con la administración, en el que se simplifiquen los trámites y haya posibilidad de plantear críticas como oportunidades de aprendizaje y mejora.

¿Cuál ha sido la forma de participar las agencias en la elaboración de la estrategia?

Las agencias han hecho aportaciones al Consejo Vasco del voluntariado, como agentes expertos en la materia. Se ha dado una muy buena relación entre las tres agencias, con mucha coordinación para elaborar las aportaciones. Asimismo han propiciado la participación de las entidades de voluntariado, animando a contribuir y trayendo las aportaciones de las que no podían participar directamente. Después queda la tarea de socializar y bajar al territorio la estrategia, e incluso de ejecutar algunas de las acciones que se proponen en ella.

Justamente el sentido de las tres agencias es éste: bajar las acciones al territorio, desde la coordinación (con unos mismos objetivos, con servicios compartidos,  y sobre todo con una misma identidad) y propiciando espacios de encuentro entre los tres territorios.

¿Cómo es el voluntariado actual? ¿Qué cambios se identifican desde la conexión con las organizaciones y con la ciudadanía?

Según el estudio  “Voluntariado y otras formas de participación social en la CAPV”, hay unas 240.000 personas voluntarias en Euskadi, lo que representa el 13.4% de la población[4]. Es un voluntariado con un alto nivel de compromiso y vinculación, y mayoritariamente en el sector social (26,6%), el comunitario y de tiempo libre (15,3%), y en lo artístico-cultural (9,1%). Se observa que las personas que participan suelen hacerlo en más de una entidad, aunque sea en diferentes grados o niveles. De hecho, teniendo en cuenta otras formas de participación (como afiliaciones, manifestaciones, movilizaciones, apoyo vecinal, etc.) podemos decir que hay un 70% de población que participa. La satisfacción con la actividad voluntaria es alta, un 95% de las personas voluntarias quieren seguir siéndolo. Es un voluntariado bastante joven y paritario en cuanto a género.

Un fenómeno actual bastante extendido es el del voluntariado ocasional. Hay una tendencia a participar en relación con la causa y a resistirse a la pertenencia institucional, que genera cierta desconfianza. También se observa que se dan tiempos más breves de participación. El nivel de compromiso que se conocía era de permanecer de 10 a 15 años en una organización; actualmente hay personas que buscan un voluntariado para unos meses, con un compromiso más flexible y vinculado a la causa. En el Libro Blanco 2020 ya se identificaban cambios en el voluntariado, puesto que entre 2014 y 2019 aumentó la participación ocasional en un 19% y disminuyó la participación de más de 20 horas semanales. La participación de las personas voluntarias está cambiando en intensidad, tiempo dedicado y nivel de compromiso, con acciones más puntuales y menor vinculación con la organización, al tiempo que aumenta ligeramente el porcentaje de voluntariado joven.

Además se han generado nuevas formas de participación online, telefónica o telemática, lo que supone un desafío de adaptación para aprovechar los cambios que se están produciendo en el voluntariado.

¿Qué tipo de voluntariado es el que necesitamos para esta sociedad?

Las tres agencias vascas están de acuerdo en que lo importante es la idea de transformación social que se mantiene a través de los cambios y que tiene el voluntariado como vía. Las personas voluntarias son portadoras de aprendizajes, se hacen conscientes de sus capacidades y se sienten parte de un proceso que aporta a la sociedad y les aporta a nivel personal. Sea cual sea el medio, se trata de mantener un compromiso social activo, la actitud solidariamente inconformista que lleva a implicarse desde un rol empoderado: “quiero incidir, quiero contribuir”.

Es preciso sostener este objetivo común desde diferentes instancias (personas, grupos, comunidades, escuelas, empresas) para sumar desde cada realidad.

Estamos en un momento de activación, de arrancar con una nueva estrategia, y de incluir la valoración de experiencias de respuesta ante emergencias sociales que han sido exitosas. Esto supone cuidar lo que hay (una base social participativa fuerte en Euskadi) y adaptarse a la nueva realidad con sus retos, posibilitar los cambios (otras formas, otros estilos: que todo formato de acción ciudadana sea reconocido y empoderado), experimentando, sin perder de vista el objetivo común de la transformación social.

Añadimos a continuación algunas reflexiones siguiendo el hilo de la última pregunta. Los cambios en el voluntariado reflejan cambios que se están dando en el conjunto de la sociedad.

¿Qué tipo de sociedad es esta, cómo se está transformando?  ¿Cómo interpelan estos cambios al voluntariado?

El voluntariado tiene, de alguna manera, un papel contracultural en la sociedad actual[5]. En ella se ha desarrollado una dinámica de desigualdad e injusticia que se ha visto acelerada e intensificada durante el periodo covid, pero que ya existía antes. Z. Baumann[6] describía la sociedad contemporánea como “mundo líquido”, cada vez más global pero continuamente cambiante, inestable e impredecible (y en la que la identidad también se vuelve cambiante y adaptativa). El entorno es volátil, cambia deprisa, está en aceleración constante. Es un mundo impredecible, inestable, complejo y ambiguo. Es también una sociedad hiperconectada en la que, sin embargo, los vínculos son débiles. Esto puede producir una sensación de perplejidad y dificultar encontrar el sentido de la vida.

Sucede también que la sociedad se va organizando desde la lógica de la expulsión[7], como apunta Sassen, en el que hay  un tipo de personas que sobra (descartada). Las personas integradas en el sistema conciben esta situación desde la frialdad (el sufrimiento de otros no cuenta). No todas las personas gozan de la misma dignidad (depende de su origen o  posición social) y a menudo las personas excluidas o expulsadas son consideradas amenazantes para el resto.

Este cambio de escenario social no es coyuntural, sino estructural, pues puede afectar a los derechos sociales, y debilitar la dimensión comunitaria y solidaria, afectando al compromiso cívico, el estado de bienestar y a la desigualdad

Este escenario interpela al voluntariado de una manera particular. El voluntariado tiene la oportunidad de aportar presencia sólida en tiempos líquidos; para ello necesita lo que S. Mora nombra como “las cuatro C”: comunidad (tejido social de pertenencia), competencia (conocimiento consciente y habilidades), ciudadanía (participación política) y cuidado (compasión, proximidad y corazón).

Comunidad: el voluntariado ofrece una posibilidad sólida de fortalecimiento de tejido social, de creación de vínculos. No solo por el trabajo en red y en equipo, que son esenciales en la acción voluntaria. También por su función significativa, porque su presencia gratuita en el espacio de proximidad, con una lógica de reciprocidad, aporta dimensión de sentido. El  voluntariado no es un simple prestador de servicios: es un sujeto colectivo con una pasión compartida, con una mirada solidaria y consciente (consciente de la desigualdad estructural) hacia lo marginal. Está orientado por la finalidad y definido por la pertenencia y la participación. Su aportación tiene que ver con las causas (no con los efectos), con el horizonte de desarrollo social y transformación estructural. En este sentido, el voluntariado ha de recordar por qué y para qué está ahí.

Así se activa una ética de hospitalidad, desde la que cuidar más allá de sistemas expertos, tecnologías o rentabilidad. La comunidad se hace responsable de sí misma y se configura como espacio habitable, espacio de posibilidades y no de problemas.

Competencia: se refiere tanto al conocimiento como a la conciencia que el voluntariado necesita para llevar a cabo su misión. Conciencia de su valor añadido (que se basa en la reciprocidad[8] y la gratuidad) y de las causas estructurales de la desigualdad (que el voluntariado puede percibir desde el lugar en el que se sitúa). Además de esta conciencia, hace falta un conjunto de habilidades personales, metodológicas y técnicas que permitan acompañar. No es solo cuestión de intención, también de preparación. No cualquier persona vale para cualquier situación; el análisis del contexto, la conciencia de las propias capacidades y limitaciones, y la formación, son imprescindibles para un voluntariado sólido y sostenible.

Ciudadanía: este concepto recoge y articula la dimensión política del voluntariado. El voluntariado está llamado a la participación en el espacio de lo común; de hecho, la acción voluntaria es de por sí la gratuidad ejercida en el espacio de lo común. Por eso mismo lleva consigo la posibilidad de la movilización. En el escenario cambiante que antes describíamos el estado de bienestar tiende a  debilitarse a medida que la desigualdad aumenta. La garantía de protección universal a la ciudadanía, que se entendía como derecho (a la salud, a la educación, a pensiones y prestaciones) es cuestionada y sustituida por una lógica de evaluación de asegurados que pueden merecer, o no, el acceso a los recursos sociales (cada vez más limitados). El voluntariado tiene que situarse en este escenario, en el que la defensa de los derechos (que pertenecen al bien común, no al mercado o al ámbito privado) es determinante para su futuro.

Este es el valor añadido del voluntariado, el que le aporta su legitimidad: apela a la sociedad desde el lugar de la gratuidad, y por eso puede demandar una sociedad cohesionada y justa que tenga a las personas en el centro. Esto hace del voluntariado un actor de construcción social; su valor añadido corresponde a una lógica de donación de bienes intangibles, de desarrollo social desde la proximidad con las personas vulnerables; desde este acompañamiento se liga al desarrollo de los derechos sociales. Sin estos bienes, estos intangibles sociales, la sociedad se resiente… Esta creación de donación en el espacio público hace retornar las cuestiones de sentido, identifica y hace necesario al voluntariado. Su aportación a la cohesión social es la gratuidad y reciprocidad con personas vulnerables. De ahí nace su capacidad de denunciar la estructura que genera desigualdad.

El voluntariado está llamado a ser una escuela de ciudadanía, abierto a iniciativas plurales y diversas; a vincularse con la defensa de lo común, de las garantías y derechos universales. Se requiere para ello un liderazgo ético, más allá de la lógica instrumental, apoyado en la dignidad y los derechos (nuestra naturaleza, nuestra virtud cívica y política).

Cuidado[9]: El paradigma del cuidado está emergiendo como referencia para este mundo cambiante, como propuesta de civilización y de transformación. Esto implica un modelo de economía, de organización y de política que pone la vida en el centro, y que se apoya en los vínculos. La corriente ecofeminista[10] ha profundizado en este paradigma, consciente de que el patriarcado y la ideología del progreso han tocado límites y no pueden resolver los problemas que han creado. Se ha producido una escisión de la persona consigo misma, con los demás y con la naturaleza, y se necesita un salto de nivel para recuperar una cultura del vínculo, de la justicia y de la centralidad de la vida.

La ética del cuidado, que fue planteada por C. Gilligan como complementaria a la ética de la justicia, aporta una voz diferente. Gilligan[11] descubre esta voz diferente al analizar las formas de razonamiento moral en las mujeres, y cómo esta diferencia de posición permite una ética centrada en el otro concreto, situado. En el tercer sector social, ese “otro” son las personas vulnerables, en situación o riesgo de exclusión social. Que el cuidado haya estado históricamente asignado a las mujeres no implica que sea exclusivamente femenino, sino, más bien, un valor humano, que merece ser rescatado como paradigma de referencia para todas las personas. El cuidado nos pone en contacto con lo esencial, con aquello que es imprescindible para que la vida sea vida. Irene Comins[12] plantea que el desarrollo ha convertido las tareas de cuidado (aprender, sanar, habitar, comer) en “necesidades básicas”, que formalizan las antiguas tareas y las convierten en productos (educación, salud, construcción de viviendas, alimentación), perdiendo de vista a las personas que están en el centro de estas experiencias. El voluntariado tiene la oportunidad de ser un vínculo de proximidad en el que se recuperan las experiencias de cuidado y se ponen al servicio de la vida.

El voluntariado tiene el desafío de situarse desde este paradigma del cuidado, porque el cuidado está en su esencia. Es una oportunidad para visibilizar y fortalecer la conciencia de que la transformación social implica sostener y favorecer la vida, personal y colectiva. Nos toca preguntarnos cómo se puede profundizar y cultivar esta esencia desde el trabajo con el voluntariado, desde las organizaciones y entidades del tercer sector.

Comunidad, cuidado, competencia y ciudadanía son los ejes en los que poner atención incluyendo las nuevas formas de voluntariado (también líquidas) que se materializan en nuestra sociedad. Confiamos en que esta estrategia proporcione el marco apropiado para este proceso y para un voluntariado sostenible, comprometido y transformador.

 

[1] https://bolunta.org/nueva-estrategia-vasca-de-voluntariado/

[2] https://www.euskadi.eus/estrategia-vasca-del-voluntariado-ano-2021-2024/web01-ejeduki/es/

[3] https://bolunta.org/?s=estrategia+vasca+del+voluntariado+

[4] Según el estudio “Voluntariado y otras formas de participación social en la CAPV”, Gobierno Vasco, 2017

[5] Combinamos aquí el análisis de Sebastián Mora en Un voluntariado sólido para tiempos líquidos, presentado en Caritas Madrid en diciembre del 2021, con el de V. Renes en El papel del voluntariado en el siglo XXI, Congreso de Voluntariado, Bilbao 2012

[6] Modernidad líquida. Buenos Aires: Fondo de Cultura Económica. 1999.

[7] S. Sassen, Brutalidad y complejidad en la economía global, 2014

[8] A diferencia del Estado, que opera desde la lógica de la redistribución, o del mercado, que opera en la lógica del intercambio (según la idea de K. Polanyi en La gran transformación, 1944)

[9] Aquí seguimos a L. Aranguren, El cuidado como entraña del voluntariado, ponencia, 2021; El cuidado como paradigma emergente, Éxodo, nº157, 2021; y a I. Comins, Filosofía del cuidar. Una propuesta coeducativa para la paz, Icaria 2009

[10] “La reflexión feminista sobre el medioambiente ha venido a llamarse ecofeminismo (…) El ecofeminismo afirma que el paradigma que ha mantenido, perpetuado y justificado la opresión de la mujer en la cultura occidental es el mismo que ha mantenido, perpetuado y justificado la opresión sobre los animales y la naturaleza (…) El ecofeminismo ha reconocido la importancia que para una ética ecológica tiene el lenguaje de la ética del cuidado”. Es decir, hace suyo el valor del cuidado y lo aplica de diferentes formas. Implica una concepción de la ética que pasa de leyes y derechos a los valores del cuidado, el amor y las relaciones de reciprocidad. En I. Comins, op.cit.

[11] C. Gilligan, In a different voice, Harvard University Press 1982

[12] I. Comins, Filosofía del cuidar. Una propuesta coeducativa para la paz, Icaria 2009, pag. 140