Data: 16/08/2026
Iturria : Deia
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Klaus tiene 29 años y llegó a Euskadi hace más de doce meses. Jesús Mari tiene 77. Desde noviembre comparten vivienda en Oiartzun gracias a Bizihabi, el programa impulsado por el Gobierno Vasco en colaboración con KUVU para fomentar la convivencia intergeneracional, reducir la soledad no deseada de las personas mayores y ofrecer un alojamiento asequible a los jóvenes.

Cuando se conocieron apenas sabían nada el uno del otro. El primer encuentro tuvo lugar una tarde delante de un café. Hablaron durante un buen rato, antes de visitar la casa de Jesús Mari y comprobar que la conversación fluía con facilidad. Ninguno podía saber entonces que aquella conversación acabaría convirtiéndose en una convivencia que ya supera los seis meses.

Los dos recuerdan con emoción aquel día. “Sentí una enorme confianza desde el principio. Estoy muy a gusto con Jesús Mari”, reconoce Klaus. Jesús Mari tuvo una sensación parecida: “Por mi parte genial, y creo que por la suya también. Estuvimos charlando de todo un poco. Luego vinimos a casa, le enseñé dónde iba a estar y desde el primer momento fue muy bien”.

Conexión intergeneracional

La historia de Klaus y Jesús Mari es una de las decenas que han surgido en Euskadi desde la puesta en marcha de Bizihabi. “Muchas veces hablamos de la soledad no deseada desde la persona que la sufre y desde la situación en la que vive”, explica Eduardo Fierro, gerente de KUVU y responsable del programa. “Este programa nos permite cambiar esa narrativa y poner el foco en personas mayores que toman la iniciativa, deciden compartir su hogar y ayudar también a otra generación”.

La iniciativa conecta a personas mayores de 65 años que viven solas con jóvenes menores de 35 años que estudian o trabajan y necesitan un lugar donde vivir. El Gobierno Vasco financia íntegramente el servicio y KUVU se encarga de todo el proceso de selección, acompañamiento y seguimiento de las convivencias.

Objetivos de Bizihabi

Sobre el papel, el programa busca responder a dos realidades cada vez más presentes. Por un lado, la soledad no deseada que afecta a muchas personas mayores. Por otro, las dificultades de acceso a la vivienda que encuentran miles de jóvenes. Estos pagan una cantidad mensual por alojarse en la vivienda, que ronda los 300 euros de media. Pero el programa no se plantea como una relación comercial entre propietario e inquilino. “No se trata únicamente de alquilar una habitación o un piso. Hablamos de un contrato de convivencia porque las expectativas van mucho más allá del pago de una renta”, subraya Fierro.

“El objetivo es construir comunidades más inclusivas”, explica Itziar de la Peña, directora de Promoción del Tercer Sector Social del Gobierno Vasco, quien subraya que “hay problemas complejos que necesitan respuestas innovadoras”. En ese marco sitúa Bizihabi, un programa que, según destaca, “se convierte en una solución ante estos desafíos”, al abordar de forma simultánea la soledad no deseada y las dificultades de emancipación de los jóvenes, permitiendo que estos puedan desarrollar un proyecto de vida con más apoyo.

Los beneficios para los ciudadanos son evidentes, según De la Peña: “La compañía, los vínculos que se crean, el apoyo mutuo y el refuerzo económico. Son muchos elementos que hacen que el programa tenga muchas más bondades que inconvenientes”, afirma.

Proceso de selección

El proceso comienza mucho antes de que el propietario del piso y el inquilino firmen el contrato. Quienes desean participar en Bizihabi deben someterse previamente a un cuestionario en el que tienen que describir sus hábitos, sus expectativas y el tipo de convivencia que desean mantener. El objetivo es encontrar perfiles compatibles para que la convivencia sea lo más agradable y fructífera posible.

“La convivencia no es fácil. Por eso, cuidamos mucho el proceso de selección. Intentamos encontrar personas compatibles antes de que se produzca el primer encuentro físico. Para ello, trabajamos con un cuestionario validado junto a psicólogos que analiza expectativas de socialización, hábitos y necesidades. Muchas veces los conflictos aparecen porque cada uno espera cosas distintas y eso es precisamente lo que tratamos de evitar”, señala el responsable de KUVU.

Después llegan las entrevistas personales, el primer encuentro cara a cara y la visita a la vivienda. Solo cuando ambas partes consideran que la convivencia puede funcionar se formaliza el acuerdo. “Intentamos que nadie sienta que pierde el control del proceso ni tenga que enfrentarse a cambios bruscos”, explica Fierro.

El trabajo de KUVU no termina aquí. La organización también interviene si surge algún problema o si es necesario mediar en situaciones incómodas. El objetivo es que nadie sienta que pierde el control del proceso ni tenga que enfrentarse solo a una situación nueva. “Nuestro trabajo no termina cuando se firma el contrato. Acompañamos a las dos partes hasta que la convivencia finaliza”, relata Eduardo Fierro.

Experiencias que dejan huella

Jesús Mari y Klaus no son las únicas personas que han pasado por Bizihabi. Jone Marcaida tiene 74 años, vive en Erandio y conoció el programa casi por casualidad, mientras navegaba con el teléfono móvil. Viuda desde hace catorce años y sin hijos, asegura que la propuesta encajaba con una idea que ya le rondaba la cabeza desde hacía tiempo.

Iñigo Baudoin, un estudiante boliviano que cursa Geología en el campus de Leioa, residía en Gasteiz. Tenía que afrontar desplazamientos diarios entre la capital alavesa y la universidad. La experiencia resultó agotadora. “Había días en los que mi primera clase empezaba a las ocho de la mañana y la última terminaba a las siete de la tarde. Si a eso le sumas dos horas diarias de autobús entre ir y volver a Gasteiz, era imposible mantener ese ritmo”. Como muchos otros jóvenes, empezó a buscar piso cerca de la universidad hasta que se topó con Bizihabi, un programa de convivencia intergeneracional en Euskadi. Allí conoció a Jone, con la que estuvo conviviendo alrededor de medio año.

Hace unos meses, Iñigo se fue a vivir a Bilbao con su pareja. Pese a no seguir compartiendo piso con Jone, guarda muy buenos recuerdos de aquella etapa juntos. “Logré adaptarme bastante rápido”, recuerda. “Al principio llegas a una casa nueva y con una persona a la que no conoces de nada, así que es normal que cueste un poco encontrar el sitio. Pero en mi caso fue bastante natural”. Además, reconoce que tuvo que desprenderse de algunas ideas preconcebidas. “Pensaba que iba a encontrarme con una persona más seria y distante y que la relación entre ambos sería más fría. No fue así. Compartir el día a día con una persona de otra generación te obliga a abrirte, a escuchar y a entender otras maneras de ver la vida. Es una experiencia que te hace crecer también como persona”.

Jone Marcaida tampoco oculta su incertidumbre antes del primer encuentro. “Al principio siempre existe un poco de duda. Escuchas historias de todo tipo y piensas qué tal saldrá”. Aun así, decidió dar el paso dentro del programa Bizihabi de vivienda compartida entre jóvenes y mayores. “Yo me hice la idea de que era como tener en casa a un hijo o a un nieto. Lo asumí con total naturalidad y creo que eso hizo que todo resultara más sencillo”. Con el tiempo llegaron las conversaciones, las tertulias improvisadas frente al televisor y las pequeñas costumbres compartidas que terminan construyendo cualquier relación.

El programa Bizihabi comenzó en 2023 impulsado en el ámbito de la vivienda colaborativa en Euskadi. En estos tres años se han firmado un total de 94 contratos y se han creado 62 unidades convivenciales distintas. “Hemos ido creciendo de manera progresiva porque creemos que este tipo de iniciativas necesitan asentarse bien. Los resultados nos indican que vamos en la buena dirección y que existe una demanda real”, apunta Itziar de la Peña, responsable del programa.

Algunas de estas unidades se han disuelto debido a que los jóvenes han emprendido una nueva vida, al finalizar sus estudios o el trabajo. Sin embargo, muchas de las personas mayores han seguido vinculadas al proyecto. “Están tan contentos con la experiencia que muchos de ellos quieren repetir”, afirma la directora de Promoción del Tercer Sector Social del Gobierno Vasco.

Eduardo Fierro recurre a otra historia para explicar hasta qué punto estos vínculos pueden perdurar dentro de los proyectos de convivencia intergeneracional. Es la de Ana y Carmen. Ana llegó pensando que conviviría con una mujer de 87 años y dependiente. Sin embargo, se encontró con una persona activa, con amigas, cuadrilla y una intensa vida social.

“Lo que Carmen echaba de menos no era ayuda para las tareas del día a día, sino tener a alguien con quien comentar cómo había ido la jornada cuando llegaba la noche”. Estuvieron conviviendo durante dos años. Después, Ana se fue a vivir con su pareja. La relación entre ambas, sin embargo, continuó. Siguen viéndose con frecuencia y Ana suele decir que Carmen se ha convertido en su abuela vasca.

“Bizihabi para mí no fue solo alquilar una habitación, es más que eso. Supuso establecer una relación con una persona que puede convertirse en una amistad o llegar a ser como un familiar”, expresa Ana.

Una red global de convivencia

Con una población cada vez más envejecida, hogares unipersonales en aumento y un acceso a la vivienda que continúa complicándose para las nuevas generaciones, los responsables del programa creen que las circunstancias que dieron origen a Bizihabi siguen plenamente vigentes en Euskadi.

La iniciativa, según explica Eduardo Fierro, ha combinado fases de expansión con periodos destinados a consolidar las experiencias ya en marcha. “Hasta ahora hemos alternado etapas de crecimiento con años de consolidación. La evolución ha sido progresiva”, señala.

De cara a los próximos años, esperan seguir creciendo dentro del modelo de red de convivencia intergeneracional. “Todo apunta a que el próximo ejercicio podría volver a ser un año de expansión, aunque dependerá de las decisiones que se adopten”. A su juicio, la respuesta obtenida hasta ahora confirma la utilidad de la iniciativa. “La buena acogida del programa demuestra que existe una necesidad real y que esta fórmula de convivencia tiene recorrido”, afirma el CEO de KUVU.

“Queremos convertir Bizihabi en una red que dé soporte a todo Euskadi. Nuestro objetivo es que todos los municipios tengan la capacidad de ofrecer este recurso a las personas que viven en ellos”, explica Itziar de la Peña, que insiste en la importancia de la difusión del programa.

“Poner en valor y difundir este programa es muy importante. En los últimos tres años hemos realizado una jornada en cada territorio histórico para darlo a conocer en los distintos municipios”, recalca.

Quizá ahí se encuentre la principal singularidad de Bizihabi. Jone mantiene su relación con Iñigo, pese a no vivir juntos. Ana sigue viéndose con Carmen. Son historias distintas que confluyen en una misma realidad: la convivencia intergeneracional funciona cuando responde a necesidades concretas y encaja en la vida cotidiana de quienes la practican, generando nuevas formas de relación y de apoyo mutuo.